El motor del todoterreno rugía entre los árboles quemados por el sol. Emma mantenía la mirada fija al frente, las manos entrelazadas sobre su regazo, todavía encarnando a Francesca. Cada músculo en su cuerpo gritaba por soltarse, pero no se movió. No pestañeó siquiera.
Micah no dijo una palabra durante los primeros dos minutos de trayecto. Se limitó a conducir. Como si estuviera solo.
Hasta que frenó.
El chirrido de las llantas rompió la tensión, pero no fue lo peor. Lo peor vino después. Micah