El vestido rojo, ajustado al cuerpo de Emma, era una réplica perfecta del que Francesca había llevado durante la cena de compromiso. La peluca, la joyería, incluso el perfume: cada detalle había sido orquestado con precisión quirúrgica. Emma, de pie frente al espejo, parpadeaba con los labios entreabiertos, intentando parecer más cruel, más letal, más como ella.
—¿Lista? —preguntó Ellis desde la distancia, sin acercarse.
Emma giró apenas el rostro. Asintió. No era convicción, era determinació