El salón de reuniones olía a café fuerte, cuero viejo y pólvora contenida. La mesa ovalada en el centro era nueva, pero ya tenía cicatrices: un par de muescas en la madera, una quemadura en la esquina derecha y una grieta que parecía una advertencia. Como todo en ese mundo, nada era enteramente nuevo. Solo reciclado, reconstruido, renombrado.
Ellis se sentó en la cabecera sin pedir permiso. A su derecha, Alessandro. A su izquierda, Ian.
Eran fuego y gasolina. Y ella, el encendedor.
El Italiano