El tono vibró en el bolsillo de su saco. Alessandro miró la pantalla, reconoció el nombre, y sin pedir permiso, se apartó del grupo. Caminó hacia el pasillo exterior, donde las paredes de piedra amortiguaban las voces y el aire era más fácil de respirar.
—¿Qué pasa, amigo? Aún no acaba la reunión —respondió, con la voz más controlada de lo que se sentía.
—Es tu hermano —contestó Aristide al otro lado—. No está por ningún lado. No sé cómo logró moverse, y con esa herida…
El italiano apretó los d