El silencio en el despacho de Alessandro era más cortante que un bisturí. No el silencio de la tranquilidad, sino ese que precede al desastre. Las paredes, forradas de madera italiana y con olor a poder viejo, parecían cerrarse sobre él. Había llamado tres veces al número seguro de Ellis. Nada. Silencio absoluto. Ni un mensaje, ni un error de red. Como si hubiera dejado de existir.
Encendió un cigarro, aunque odiaba fumar. Era el tipo de noche que pedía humo, alcohol y respuestas que no tenía.