El dolor llegó primero, palpitando detrás de sus ojos como un tambor tribal. Luego, la conciencia. Lenta, densa. Como si el aire estuviera hecho de alquitrán y cada respiro la arrastrara de vuelta a un cuerpo que no quería habitar.
La oscuridad no venía de sus párpados cerrados. Era real. Dura. Ciega.
Trató de moverse, pero las muñecas respondieron con un tirón seco y punzante. Atadas. Igual que los tobillos.
Perfecto.
La boca le sabía a metal y algodón viejo. Le habían puesto una mordaza. Clás