Le hablé con la mente sin cerrarme, para que todos me escucharan.
—¿Te contaron lo que hice en Solstein? —inquirí, manteniéndola bien sujeta sin esfuerzo y mirándola de lleno a los ojos.
Mora logró asentir, sus manos arañando la mía para que la soltara.
—¿Te contaron que maté con mis propias manos a una veintena de amazonas y medio centenar de rubios? —insistí, en el mismo tono calmo.
Mora no respondió, todavía luchando para zafarse. Su vistosa diadema cayó de su cabeza con un tintineo metálico.
—Responde —le ordené.
—S-sí —logró decir.
—¿Y fuiste tan estúpida de creer que podrías hacerme daño?
Sin transición, con un simple gesto, la arrojé escalones abajo, a caer de espaldas en la hierba, jadeando pa