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Giramos sorprendidos hacia Mendel, que hablara en un gruñido hostil desde lo alto de la escalinata, los brazos cruzados sobre el pecho, toda su actitud delatando que luchaba por dominar su furia.

A su lado, Milo se volvió hacia Fiona y asintió. Ella y Lenora se apresuraron hacia el interior del castillo en completo silencio.

Mora aprovechó la distracción para erguirse un poco. No advertí lo que ocurría hasta que Mael bajó la vista con mirada fulgurante. Entonces vi que Mora estaba postrada en hinojos, aferrada a su pierna.

—¡Hermano! ¡Por favor! —gimió—. ¡Escúchame!

Mael retrocedió, sacudiéndose sus manos de los pantalones.

¡Cállate! —le ordenó furioso, y en esta ocasión, hasta yo me encogí ante el poder de su voz de mando, sólo comparable al de la reina—. No te

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