Cuando el hambre y el cansancio aquietaron sus ímpetus, servimos la merienda a la sombra de un árbol y los dejamos comer hasta hartarse antes de tenderse a dormir una siesta sobre las rocas tibias de la orilla.
El sol comenzaba a declinar cuando emprendimos el regreso al castillo a paso tranquilo, porque no nos corría ninguna prisa. Ronda permaneció en cuatro patas, sumándose a Dugan para que los niños no se apartaran del camino ni se retrasaran cuando algo les llamaba la atención.
Briana y yo, con los enaguas todavía mojados, no nos molestamos en volver a vestirnos. Teníamos los dos grandes paños que lleváramos de manteles, y nos envolvimos los hombros con ellos. Aine volvió a cambiar, aunque se quedó en enaguas como nosotras, porque ahora, además de las dos canastas, teníamos que cargar con toda nuestra ropa, incluyendo nuestro calzado.
Nos acercábamos al castillo, nuestras sombras alargándose sobre la hierba por delante de nosotros, cuando una loba de figura