Mundo de ficçãoIniciar sessãoCuando el hambre y el cansancio aquietaron sus ímpetus, servimos la merienda a la sombra de un árbol y los dejamos comer hasta hartarse antes de tenderse a dormir una siesta sobre las rocas tibias de la orilla.
El sol comenzaba a declinar cuando emprendimos el regreso al castillo a paso tranquilo, porque no nos corría ninguna prisa. Ronda permaneció en cuatro patas, sumándose a Dugan para que los niños no se apartaran del camino ni se retrasaran cuando algo les llamaba la atención.







