Nos adentramos solos en el bosque, donde me desvestí y volví a cambiar. Mael me dejó echada junto al caballo y se internó entre los árboles en busca de algo para comer. Yo estaba tan débil que sentía que perdería el sentido de un momento a otro. El caballo norteño, que aprendiera de Briga y nuestros otros animales a no espantarse al vernos en cuatro patas, se acercó a olisquearme y me lamió la frente, sobresaltándome.
Al verme abrir los ojos y alzar la cabeza hacia él, me observó con atención,