La presión en el aire de las cavernas era sofocante, un eco constante de pasos y respiraciones agitadas que resonaba en las paredes húmedas. Luca, aún débil, luchaba contra el mareo que le embotaba los sentidos. Sentía cómo sus músculos, que hasta hacía un instante parecían inertes, recuperaban fuerza poco a poco gracias al contacto de las manos de Mía.
Ella, agotada, había canalizado lo último de su energía para devolverle el aliento y la vitalidad que su cuerpo necesitaba.
Él abrió los ojos lentamente y, al ver su rostro pálido y el temblor de sus labios, supo que estaba pagando un precio muy alto. El veneno de la cicuta corría como fuego por sus venas, y aunque su loba interior luchaba por mantenerla en pie, la resistencia tenía un límite.
—Mía… —susurró Luca, incorporándose con un esfuerzo sobrehumano.
Ella intentó sonreírle, pero antes de que pudiera articular palabra, su cuerpo cedió. Su mirada se nubló y cayó de golpe en sus brazos. Luca, aterrado, la sostuvo con fuerza, sinti