La presión en el aire de las cavernas era sofocante, un eco constante de pasos y respiraciones agitadas que resonaba en las paredes húmedas. Luca, aún débil, luchaba contra el mareo que le embotaba los sentidos. Sentía cómo sus músculos, que hasta hacía un instante parecían inertes, recuperaban fuerza poco a poco gracias al contacto de las manos de Mía.
Ella, agotada, había canalizado lo último de su energía para devolverle el aliento y la vitalidad que su cuerpo necesitaba.
Él abrió los ojos