La conexión de Logan con Mía se hacía cada vez más intensa, casi insoportable. No necesitaba verla para saber que algo estaba mal; podía sentir la debilidad de su compañera, como si cada jadeo de ella recorriera su propia garganta. El veneno corría por las venas de Mía y su vínculo lo transmitía como un eco apagado que lo desgarraba por dentro. Su lobo negro gruñía, desesperado, queriendo arrancarle las cadenas invisibles que lo mantenían lejos de ella.
Las patas del animal golpeaban con fuerza la tierra húmeda, levantando hojas secas y polvo mientras corría con toda la manada. A su alrededor, decenas de lobos corrían sincronizados, pero ninguno con la fuerza y la imponencia que desprendía el alfa. Sus ojos ámbar brillaban como antorchas en la penumbra, y su pelaje negro, azabache como la misma noche, ondeaba con cada salto.
A lo lejos, un ruido metálico y gruñidos desgarradores empezaron a retumbar. El aire olía a sangre, a ira, a territorio disputado. Logan frenó de golpe en una col