Jack, transformado en un lobo enorme, salió disparado hacia la entrada de las cavernas. Sus patas retumbaban contra la piedra húmeda, dejando un eco que parecía anunciar una tormenta inminente. Su pelaje oscuro se erizaba, y sus ojos, encendidos como brasas, ardían de furia y expectativa.
—¡Reúnanse! —ordenó con un rugido gutural que atravesó los túneles—. ¡Todos atentos, vienen lobos en esa dirección!
Uno a uno, los guerreros de su manada emergieron de las sombras de la caverna, inclinando la cabeza en señal de respeto. Los aullidos de obediencia retumbaron, pero Jack no se detuvo; algo dentro de él sabía que el verdadero peligro no estaba aún frente a ellos, sino dentro.
En el corazón de las cavernas, Mía empujaba lentamente la pesada puerta de su celda. El veneno de cicuta aún corría por sus venas, debilitando cada músculo, haciendo que cada paso fuese un suplicio. Aun así, avanzaba tambaleante, con el pecho ardiendo por el esfuerzo. Su respiración era entrecortada, pero sus ojos b