El sol de la tarde parecía contener la respiración cuando los dos guerreros atravesaron las puertas y se adentraron en los terrenos de la manada. A lo lejos se escuchaban gruñidos, pisadas y el jadeo de varios lobos que mantenían algo o a alguien acorralado. El aire estaba impregnado de tensión, con ese olor a hierro y furia que solo aparecía cuando la sangre estaba a punto de derramarse.
Jacop, con el ceño fruncido y los ojos brillando en ámbar, alcanzó a escuchar el crujir de ramas y el res