La última visión de Jacop antes de que la oscuridad lo envolviera fue la sonrisa triunfante de Zoe, con la daga en la mano, bañada en rojo.
Y así, entre cadenas, sangre y el eco de sus propios latidos apagándose, Jacop cerró los ojos.
El silencio pesaba como plomo en la celda cuando Zoe, jadeando, se inclinó sobre él. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de la adrenalina que le quemaba por dentro. Con brusquedad, le arrancó los pantalones a Jacop; no lo hacía por burla ni por deseo, sino porq