—¡Mierda! —exclamó Owen.
El eco de aquel grito aún vibraba en los muros de piedra cuando el guerrero, que acababa de presenciar la fuga de Owen y Zoe por los pasadizos, giró sobre sus talones con una expresión endurecida por la urgencia. Su respiración era entrecortada, su mirada fija en la oscuridad que serpenteaba hacia los corredores secretos. Un instinto profundo lo empujaba a actuar. No podía permitir que escaparan, no ahora, no cuando cada segundo contaba.
El guerrero elevó el rostro, cer