Victoria corría con Luca y Mía, sus pasos resonaban contra el suelo de piedra mientras el rugido de la batalla quedaba atrás, mezclado con los gruñidos y los chasquidos de dientes que partían carne.
—¡Más rápido, Luca! —exclamó, jalándolo hacia la puerta trasera.
El aire nocturno los envolvió como un golpe frío. El olor a pino y tierra húmeda se mezclaba con un hedor metálico: sangre. Detrás de ellos, los aullidos crecían. Los traidores ya habían olfateado su rastro.
Victoria abrió la puerta de