Mía apretó con fuerza la mano de Luca, como si al hacerlo pudiera anclarlo al presente y alejarlo de cualquier oscuridad que lo reclamara.
La calidez de su piel, aunque débil, todavía estaba ahí, y eso le daba fuerzas para seguir sentada junto a él. Sus dedos temblaban, pero no se apartaban.
Había pasado horas así, con la vista fija en el rostro tranquilo de su hermano, sin importar que sus propias fuerzas estuvieran agotadas tras sanarlo. El cansancio la envolvía, pero su corazón se negaba a