Jack se reclinó en la pesada silla de piedra, cruzando una pierna sobre la otra con un aire de triunfo y paciencia.
Su mirada se clavaba en el centro de la cueva, donde Mía, encadenada a un círculo tallado en la roca, se retorcía. La anciana había encendido velas negras, cuyos resplandores danzaban proyectando sombras alargadas en las paredes húmedas. Un humo espeso, de hierbas y sangre seca, flotaba en el aire, haciendo difícil respirar.
El murmullo de la anciana llenaba el espacio, un idioma