Mientras tanto, en los más profundo de las montañas en medio de la nada, La anciana observó en silencio la silueta indefensa de Mía. El frío de la cueva se filtraba hasta los huesos, y el eco del agua goteando contra las rocas era el único sonido que acompañaba el latido acelerado de la joven.
El cuerpo de Mía estaba amarrado con correas gruesas de cuero a una camilla metálica oxidada, como si fuera una presa atrapada esperando su sacrificio. Sus muñecas y tobillos ya tenían marcas rojas, huel