Logan caminaba con pasos firmes hacia la casa alfa, su respiración pesada, pero su mirada encendida por una furia contenida.
Apenas había recuperado la conciencia en el hospital, y ya estaba de pie, ignorando las advertencias de los médicos y la fragilidad de su cuerpo. Su corazón latía con fuerza, no por debilidad, sino por la desesperación que lo consumía: Mía.
Su luna. Sentía su dolor, cada punzada, cada grito silenciado en la distancia. Y no podía quedarse tendido mientras ella sufría.
Cuando cruzó la puerta principal, Jacob, su beta y hermano de vida, se levantó sobresaltado. Sus ojos se abrieron de par en par al verlo.
—¿Qué demonios haces aquí? —espetó Jacob, corriendo hacia él—. ¡Deberías estar descansando en el hospital, recuperándote!
Logan lo miró con la dureza de un líder, con la determinación de un alfa que ya había tomado una decisión.
—No me voy a recuperar mientras Mía siga sufriendo —gruñó, la voz cargada de rabia y dolor—. Cada segundo que pasa, siento que la pierdo