El bosque se abría espeso y silencioso bajo la luna. El lobo avanzaba con paso firme, sus patas pesadas dejando huellas profundas en la tierra húmeda.
En su lomo, desmayada, iba Isabella, el cuerpo inerte de la joven que no despertaba desde el ataque. Su pelaje oscuro brillaba bajo la luz plateada, y sus ojos amarillos resplandecían con un fuego de orgullo: estaba por entregar a la presa más valiosa al alfa de Colmillo.
Cuando cruzó el último claro, el aire cambió. El olor era distinto: hierro