Owen corría transformado, su lobo colosal marcando el paso entre los guerreros que lo seguían. La tierra temblaba bajo las zarpas, y el aire frío de la montaña se les colaba por los hocicos. Juan, su beta, iba unos metros al frente, guiándolos con firmeza. La voz telepática de Owen retumbó en la manada.
—¿Estás seguro de lo que viste, Juan? —preguntó con un gruñido.
—Sí, alfa —respondió el beta, su mente clara—. Vi lobos renegados vigilando las entradas de las cuevas. Si hay renegados aquí… es porque esconden algo importante. Y todo indica que es ella.
Owen dejó escapar una risa gutural, oscura y triunfante.
—Perfecto. Si Mía está aquí, la traeremos con nosotros
El grupo de lobos siguió su marcha, hundiéndose en lo más profundo del bosque hasta alcanzar la piedra húmeda y fría de la montaña.
Dentro de la cueva
Mía despertó sobresaltada, atada a una camilla de hierro. La luz era tenue, proveniente de antorchas que titilaban contra las paredes húmedas, había caído en un sueño después