Owen corría transformado, su lobo colosal marcando el paso entre los guerreros que lo seguían. La tierra temblaba bajo las zarpas, y el aire frío de la montaña se les colaba por los hocicos. Juan, su beta, iba unos metros al frente, guiándolos con firmeza. La voz telepática de Owen retumbó en la manada.
—¿Estás seguro de lo que viste, Juan? —preguntó con un gruñido.
—Sí, alfa —respondió el beta, su mente clara—. Vi lobos renegados vigilando las entradas de las cuevas. Si hay renegados aquí… es