El cuerpo del guerrero yacía inerte en el suelo, aún con la sangre fresca manchando el asfalto húmedo de los alrededores de la celda. El hedor metálico impregnaba el aire. Uno de los guardianes de la manada colmillo fue el primero en verlo. Su respiración se entrecortó y sus ojos se abrieron de par en par, comprendiendo en un segundo lo que aquello significaba: algo había salido mal.
Con el corazón latiéndole a toda prisa, corrió hasta donde estaba su alfa Owen, sus patas golpeando contra el su