El cuero negro de la silla crujió suavemente bajo los dedos de Owen mientras los deslizaba con calma sobre el respaldo. Sus ojos, fríos como el acero y cargados de astucia, brillaban con malicia bajo la luz tenue de su nueva oficina.
La habitación estaba envuelta en un silencio expectante, roto únicamente por el leve zumbido del reloj colgado en la pared.
Una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en sus labios.
—¿Hiciste lo que te pedí, Juan? —preguntó sin girarse, con la voz serena pero cargad