Las puertas de vidrio vibraron cuando Logan las abrió de golpe. El estruendo resonó por toda la oficina como un trueno furioso. Sus ojos, habitualmente fríos y calculadores, ardían de ira mientras arrojaba los papeles sobre el escritorio, desparramando informes, carpetas, y archivos digitales.
Lo golpeó el borde del mueble con el puño cerrado, haciendo temblar la madera reforzada.
—¡Maldita sea! —gruñó, tomando una carpeta azul y lanzándola con fuerza contra la pared.
Su secretario, un joven ág