El cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados cuando Meissa se inclinó frente a su hijo. El viento de la tarde agitaba suavemente su cabello, como si la naturaleza misma presintiera la despedida que estaba por ocurrir.
Nox permanecía firme, pero sus ojos lo delataban. No era un niño cualquiera… y, sin embargo, en ese instante, solo era un hijo que no quería separarse de su madre.
Meissa alzó la mano con delicadeza y acarició su rostro, como si quisiera memorizar cada rasgo.
—Antes del anoche