El Alfa lanzó un gruñido profundo, un sonido cargado de autoridad y furia contenida, y empujó a Layla con un movimiento seco.
—¡Guardias! —vociferó, su voz resonando como un trueno en el hall silencioso.
Los guardias aparecieron de inmediato, sus botas resonando contra el suelo de piedra.
—¡Llévenla al calabozo! —ordenó el Alfa con firmeza.
Layla cayó de rodillas frente a él, el corazón latiéndole con fuerza, un grito ahogado atrapado en su garganta.
Sus lágrimas corrían sin control por sus meji