El eco de la pregunta retumbó como un trueno dentro de la gran sala.
—¿Dónde está mi Luna?
La voz del Alfa Lysander no era solo una pregunta… era una sentencia.
El silencio cayó pesado, sofocante, como si incluso las paredes del castillo temieran responder. Nadie se atrevía a mirarlo directamente. Nadie respiraba con normalidad. Porque todos sabían… que algo dentro de él acababa de romperse.
Había escuchado todo.
Cada palabra, cada traición.
Cada mentira.
Sus ojos, antes dorados como el amanecer