—¿Qué está diciendo, Su Alteza? —preguntó Ainoha con evidente desconcierto—. No soy una traidora ni alguien malvado. Solo traje algo que puede ayudar al Alfa.
La joven sostenía aún el cuenco de plata entre las manos. El vapor de las hierbas medicinales ascendía lentamente mientras todos los presentes observaban en silencio.
El príncipe Marvin seguía respirando agitadamente.
Sus ojos estaban clavados sobre Ainoha con desconfianza.
—No sabemos qué puso ahí —insistió él—. Mi padre está débil. Cualq