—¡Meissa!
Esa voz, que solía hacerla temblar de amor en el pasado, ahora solo le provocaba una náusea violenta.
Ella se giró lentamente, encontrándose con la figura imponente de Lacron.
El futuro Alfa de la manada se mantenía en pie con una arrogancia grabada en sus mismos huesos.
Sus ojos ámbar brillaban con una intensidad que Meissa antes habría confundido con pasión, pero que ahora reconocía como una posesividad asfixiante.
Lacron no la miró a los ojos de inmediato.
Su atención se desvió ha