El impacto contra el río no fue el final, sino el inicio de una agonía gélida.
Meissa sintió cómo el agua fría golpeaba su cuerpo con la fuerza de mil martillos de cristal.
El río, alimentado por el deshielo de las montañas, era un monstruo hambriento que se la tragaba sin piedad.
Luchó por nadar, sus músculos gritando ante el choque térmico, pero las corrientes eran demasiado turbulentas, demasiado rápidas.
Cada vez que intentaba emerger para inhalar una bocanada de aire, una ola oscura la hun