Lauryn observaba a Meissa con una rabia asesina que deformaba sus facciones, antes delicadas.
Se llevó la mano al cuello, donde la piel blanca ahora lucía un surco enrojecido, por el tirón con el que Meissa había recuperado su pertenencia.
Sus ojos se llenaron de lágrimas falsas, preparándose para la actuación de su vida.
—¡Ese broche pertenece a la futura Luna de la manada! —chilló Lauryn, asegurándose de que su voz resonara en cada rincón del comedor—. ¡Eres una salvaje, Meissa! ¡No eres más