La loba siguió corriendo sin mirar atrás.
Sus patas apenas tocaban el suelo.
Cada salto era un impulso desesperado por alcanzar la frontera. El viento golpeaba su pelaje y sus pulmones ardían, pero no se detenía. Estaba cerca. Podía sentirlo. Solo un poco más y estaría fuera del territorio que la retenía.
Su mente solo repetía una idea: libertad.
Entonces, un rugido rasgó el aire.
Desde la espesura apareció el lobo de Lacron. Grande, feroz, con el pelaje erizado y los ojos brillando con autorid