Meissa esperó a estar completamente sola.
La tensión le oprimía el pecho y su respiración era acelerada, pero no dudó. Sus dedos temblorosos rodearon la piedra que colgaba de su cuello.
La fría superficie parecía pulsar al contacto con su piel, como si respondiera a sus pensamientos y emociones. Tenía miedo, claro, pero el miedo no podía detenerla.
La abrió con cuidado y dejó que una sola gota de la sangre de su Alfa cayera sobre su lengua.
Solo una, suficiente para cambiarla, para darle fuerza