La habitación estaba en silencio. Solo se escuchaba el llanto suave de Syla.
Meissa la encontró sentada junto a la ventana, con el rostro cubierto por las manos. Su cuerpo temblaba ligeramente, como si estuviera tratando de contener un dolor demasiado grande para soportarlo.
Cuando Meissa la vio así, su corazón se encogió. Caminó hacia ella sin decir nada y la abrazó con fuerza.
—¡Syla…! —susurró con voz llena de tristeza—. Lo siento tanto.
Syla se aferró a ella como si ese abrazo fuera lo únic