Al día siguiente, el amanecer llegó frío y silencioso al castillo de la manada. La luz pálida del sol apenas se filtraba por las cortinas cuando Syla abrió los ojos.
Durante unos segundos se quedó inmóvil, observando el techo de piedra sobre su cabeza, como si quisiera retrasar el momento de recordar lo que iba a ocurrir ese día.
Pero la realidad llegó de inmediato.
Giró la cabeza lentamente y su mirada se suavizó al ver al pequeño cuerpo dormido junto a ella. Su cachorro de dos años respiraba