En la habitación real, el aire vibraba con una electricidad estática que hacía que el vello de la nuca de Meissa se erizara.
Las manos de Lysander enmarcaban el rostro de Meissa con una delicadeza que la hacía temblar.
Él se inclinó, buscando el calor de sus labios.
Meissa cerró los ojos, entregándose al aroma de bosque, tormenta y sándalo que emanaba de su compañero.
Estaba a punto de besarla, a punto de sellar su destino con un contacto que ambos anhelaban desde el principio de los tiempos, p