Lysander esbozó una sonrisa de una sensualidad, una que hizo que la sangre de Meissa hirviera de una manera que nunca había experimentado.
Se acercó a ella con la elegancia de un felino, acortando la distancia hasta que ella pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su pecho.
—Sí, soy tu mate —susurró él, y su voz vibró directamente en el alma de la joven—. Y tú, desde este momento, me perteneces.
Él se giró hacia un armario y extrajo un vestido de seda blanca. Meissa lo tomó.
—Lo mandé a h