Meissa caminó de regreso a su habitación con el alma hecha jirones, pero los ojos secos.
El frío de la noche ya no le afectaba; el fuego de la traición que ardía en sus venas era suficiente para mantenerla en pie.
Al entrar en sus aposentos, no encendió ninguna vela.
Se recostó en la cama, mirando el techo en la penumbra, sintiendo el eco del jadeo de Lauryn y Lacron en sus oídos como un veneno persistente.
—Después de todo, nada puede ser peor que este lugar —susurró a la oscuridad—. Mañana, e