Lauryn, con la barbilla en alto y esa chispa de malicia que siempre bailaba en sus ojos, hizo una seña perezosa con la mano.
Sus dedos, largos y cuidados, apuntaron hacia el rincón más oscuro de la estancia, donde un viejo baúl de roble descansaba bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana.
—Ahí está —susurró Lauryn, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Ve por él. Es lo último que tocarás en este territorio.
Meissa no respondió.
Caminó con paso firme, sintiendo el frío del sue