“El silencio de la habitación se rompió con el sonido jadeante de su propia respiración.
Meissa abrió los ojos de golpe, pero su mente aún no regresaba al mundo físico.
Por un instante eterno, el techo de madera de su recámara desapareció, reemplazado por la neblina de una visión que se sentía más real que la vida misma.
No sabía dónde estaba, pero el aire pesaba, cargado de un aroma a bosque, tormenta y sándalo.
Se levantó de un lecho que no era el suyo y entonces lo vio.
En un rincón de la