Meissa fue conducida a los aposentos reales.
La habitación estaba envuelta en un aura de misterio y deseo; cortinas de seda roja caían desde el techo y las sábanas, del mismo tono carmesí, prometían una noche de entrega absoluta.
El aire estaba saturado con el perfume dulce de los jazmines y el suelo cubierto por pétalos de rosas.
Los guardias y criados se retiraron en silencio, sellando la privacidad de la pareja.
Cuando Lysander la depositó con delicadeza sobre el lecho, sus ojos dorados se