Mientras los ecos de la celebración por la nueva Luna aún resonaban en los valles profundos del territorio, el castillo de la manada Luna Oscura se dividía en dos realidades opuestas.
En los aposentos reales, el aire era espeso, cargado con el aroma del celo y la victoria; allí, Meissa y Lysander se habían entregado a un placer primitivo que trascendía lo humano.
Sus lobos, finalmente unidos, habían sellado un pacto de piel y alma que reescribía el destino de la estirpe.
Pero lejos del calor de