—Eso no es verdad —dijo Meissa—. ¡Yo, Meissa, no soy la amante de nadie! Nunca he entregado mi cuerpo ni mi alma, ni mi loba a otro macho. Mi lealtad y mi esencia le pertenecen a mi destino. Solo seré la amante, la esposa y la Luna de mi Alfa, Lysander. No hay nadie más en mi vida, ni lo habrá nunca.
Al escuchar esa declaración de absoluta devoción, algo cambió en la expresión de Lysander.
La dureza de sus facciones se suavizó y el brillo de duda en sus ojos empezó a desvanecerse.
En lo más pr