Me parecía que era demasiado pronto para que el astil regresara y temí lo peor, hasta el punto en que mis rodillas se doblaron en el momento justo en el que él se detuvo frente a mí. Sus brazos me sostuvieron con tanta fuerza que fui capaz de sentir dolor por primera vez en muchas horas y por la frialdad de su mirada ambarina, supe que cometía un error al flaquear.
—Su majestad está a salvo— me avisó en voz alta, para calmar también a los que nos observaban—. He regresado antes porque el astil