—No me perderán—le aseguré—. Así como tampoco perderán a su rey, si me obedecen y lo alejan de aquí, mientras yo me ocupo de los bárbaros.
—Nunca podría dejarla.
—Pues tendrá que hacerlo si quiere salvar a su rey—le dije al astil del fuego, incorporándome para caminar hacia él y tomarle las manos—. Confíe en mí. Soy una Édazon y puedo guiar a mis hombres. Ya ha visto como me responden cuando los llamo a luchar y podré resistir hasta que usted regrese.
Él volvió a negarse, sin embargo, el astil