Los lamentos se hicieron insoportables y el alto señor del sol se arrodilló, fingiendo llorar, cuando realmente observaba como los enemigos se acercaban sigilosamente.
—Ya estamos rodeados— me advirtió.
Me aparté del cortejo y caminé hacia la cima de la colina, seguida por el astil del fuego y el alto señor del sol, así como del cabeza de la guardia de la luna. Los soldados tomaron sus armas, pero permanecieron junto a la tumba y desde allí observaron cómo Éhiel descendía de su caballo para sa