Fue aun peor cuando le arrebató dos jarras enormes a una de las doncellas y me las entregó, salpicando la alfombra que vestían los suelos de madera.
Finalmente atravesamos los corredores y en vez de buscar las escaleras hacia nuestros aposentos, el rey se desvió, pateando una de las puertas del pequeño salón de música. Allí me arrojó sobre un diván y quitándome las jarras, las dejó en la mesa, antes de clausurar la puerta con uno de los muebles.
— ¿Su majestad ha enloquecido?
—Es increíble que