Su embestida feroz me arrancó un grito, que pareció tener eco cuando el chasquido que provocaba la unión rítmica de nuestros cuerpos, llegó a mis oídos para aumentar el calor.
Forcejé una vez más con el amarre y él lo advirtió, solo que en lugar de desatarme, se apartó para hacerme girar y pegando su pecho a mi espalda, retomó el duelo.
— ¡Rownan!
Mi protesta aumentó su deseo y me penetró con la misma fogosidad con la que yo le pedía que esta vez no se detuviera. Ya no soportaría sus juegos y